Subirse al TransMilenio se convirtió en un acto de supervivencia. En Bogotá, la voraz necesidad de conseguir una silla ─o por lo menos un lugar “cómodo” entre la multitud de pie─ se ha prestado para actividades tan increíbles que el realismo mágico a veces se queda corto. He tenido la fortuna ─o el infortunio─ de observar casos como el de mujeres que envían a niños como exploradores al principio de las filas para que apenas se abran las puertas del bus se acuesten con velocidad relámpago sobre dos sillas para reservar el puesto mientras la mamá entra, o el de aquellas que cargan a su niño de 10 años en los brazos para que les presten la silla azul, o el de aquellas que tienen 3 días de embarazo y se sientan primero que los ancianos. Pero no podemos ser tan malos, le decimos al que va de pie “¿le sostengo la maleta?” y con eso solventamos nuestra culpa, que preferimos tragarla antes que mostrarla.
Lo
de TransMilenio es tan solo un caso de la ‘astucia’ colombiana que nos ha
convertido en el país de los vivos. Y de los bobos. Y de los vivos que viven de
los bobos. Que el mandamiento once sea no dar papaya es una vergüenza con la
que tendremos que cargar toda la vida. La vida en las calles bogotanas por
ejemplo, se ha convertido en asunto de extrema supervivencia. Sin embargo,
juzgar el hecho de que muchos de nosotros hemos decidido hacer cara de bobos
para realizar una viveza no se puede hacer a la ligera, puesto que el entorno en el
que nos toca desarrollarnos en gran medida nos ha obligado a eso.
Salir
de casa y conseguir transporte es el ejemplo más claro. Si tomamos
TransMilenio, el reto es lograr embutirse y salir con los bolsillos intactos.
Si tomamos bus debemos sobrevivir no solo a eso, sino también al excesivo
sobrecupo ─que en su gran mayoría de veces es peor que en TransMilenio─, al
trancón, al vendedor, a las frenadas del conductor y a los que se mueven por el
pasillo para salir por la puerta de atrás (eso sin sumar el momento de bajarse,
el cual debe prepararse con varias cuadras de anticipación para no hacer uso
del conocido “hasta la casa de su madre”). Si en cambio tomamos taxi logramos
ahorrarnos todos esos vejámenes pero se suman otros, como por ejemplo el síndrome
del taxista caprichoso, o el del taxímetro alterado, o el de ‘yo conozco un
atajo’. Aún así es increíble que el bogotano llegue cumplido a su trabajo en más
de la mitad de las veces.
Pongamos
otro ejemplo un poco más concreto. En cierta ocasión escuché que alguien estaba
comprando vivienda y que recibiría la visita del perito para que la avaluara y
diera un informe sobre el valor del crédito que se le pudiera dar a la persona
para adquirirla. Pues bien, resulta que días después le preguntaron cómo le
había ido con la visita del perito y mi sorpresa llegó cuando respondió “muy
bien, le dimos 50 al perito y gracias a eso nos prestarán más plata”.
Hasta
le vemos cara de bobo al Estado pero es justificable, ellos también se aprovechan de nosotros, ¿no? Ellos
tienen mucha plata, nosotros estamos haciendo un esfuerzo gigante para
sobrevivir mientras esa entidad allá lejana que llamamos de manera indiferente ‘Estado’
o ‘Gobierno’ vive de nuestros impuestos
(cuando no se nos ‘olvida’ pagarlos), de nuestras multas (que pagamos cuando no
sobornamos autoridades), del IVA (cuando no se lo roban los vivos de los
restaurantes), o de infinidad de injusticias que se nos cometen y que compensamos
cometiendo vivezas con bobos para justificar día tras día nuestros actos.
Lo
cierto es que cambiar esa mentalidad resultará difícil mientras los bobos de
repente resulten siendo los vivos y nosotros por no ser los bobos tengamos que
buscar a otro bobo para hacernos los vivos. Un círculo incomprensible que más
allá de todo termina sumiéndonos en la misma mentalidad mezquina que nos impide
salir como un conjunto en procura del progreso de la comunidad o del país. Es
posible que si aceptamos que hemos sido bobos en algún momento de nuestra vida
y dejamos de pensar en pisotear a alguien para vernos como el vivo, el progreso
de los bobos como un colectivo probablemente sea mucho más prolífico que el de
un montón de vivos que tiran todos para un lado diferente buscando sus propios
intereses. Los invito a ser bobos, bobos pero no incautos, a aprender a
tragarse las injusticias individuales y luchar por la justicia colectiva, para
lo único que debemos ser vivos es para defender nuestros derechos, no para
pisotear el de los otros. Esto lo dice un bobo, que espera no le salga un vivo
a semejante bobada.